Es un hecho contrastable, cómo no llegamos a añorar verdaderamente algo hasta que lo perdemos. El deseo se redobla en la ausencia.
Andre Bagemihl, licenciado en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna, tuvo que irse un año a Manchester, en Inglaterra, para darse cuenta del vínculo vital que le une a su tierra. Canarias no deja de ser un lugar singular que atrapa a todo el que lo visita. Un paraje imposible de olvidar, que por su peculiaridad irrepetible se convierte en apéndice inextirpable de sus habitantes. Se lleva en la sangre, en la mirada.
Nuestro protagonista siempre tuvo una relación íntima con las islas. Desde muy temprana edad practicó el deporte del surf, la vela y todo lo relacionado con el mar. Pasó su adolescencia metido en el agua, vigilando la roca volcánica que le acechaba desde el fondo. Ahora lleva el mar en el iris y más de una cicatriz prueba de la salvaje naturaleza de nuestra tierra. No puede haber relación más profunda que la que proporciona la piel. El océano, el sol y la lava solidificada dejando un rastro físico y psicológico sobre el propio cuerpo. En un lugar gris, donde no para de llover, sintió la ausencia química de su adolescencia. Es paradójico cómo tuvo que viajar al polo opuesto para darse cuenta de dónde estaba su territorio.
La pintura se convirtió en una necesidad, una obligación, una vía de escape utópica. Pintar era un acto vital con el que reencontrarse a si mismo, retornar a sus orígenes. Allí comenzó una obra en la que se mezcla el simbolismo aborigen con su propio imaginario interior.
Dominado por una fuerza incontenible que le impide mantenerse siempre dentro del plano pictorico tradicional, en sus lienzos: las lenguas de lava, los batientes y el sol fluyen libremente. Acostumbrado a pasar las horas en la inmensidad azul, le debe resultar imposible someterse a un espacio cerrado. ¿Pero por qué extrañarse? ¿Acaso tiene barreras el mar, el cielo o la tierra?
P. Patricio - Barcelona
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